Bela Cup
Bela Cup Inc.
Sentadas en las escalinatas de entrada a la fábrica conversaba las amigas alegremente en espera sonara el timbre que indicaba el inicio de jornada.
- Ese macho es mío.
- Ni lo sueñes; fui la primera en verlo. Ese será para mí.
- Ni tanto, no se precipiten que el tipo es muy serio.
- A mí no me importa si no muestra los dientes. Un beso se le da a cualquiera.
- No te dije serio por la sonrisa; los vi y los tiene hermosos.
- Allá ustedes con su sonrisa, lo vi primero y lo que me interesa está abajo su cintura.
Se echaron a reír en bulliciosas carcajadas. Doña Leticia escandalizada las reprendió:
- Jesús Magnifica, no respetan. Dejen tranquilo a ese cristiano; por lo que es sabido está casado.
Mirándola de forma despectiva Celeste contestó:
- Casado será para usted señora, que ya paso su momento de gloria y no puede competir; será casado, pero no capado. Dejé esos melindres que en su tiempo mucho mundo trotó.
Las jóvenes no pudieron aguantar la risa; replicando Chela:
- En todo caso lo rifamos.
Sonó el timbre y se remolinaron a ponchar la boleta de entrada. En tropel se encaminaron hacia sus máquinas iniciando la tarea. El silencio del recinto se interrumpió con el ruido de los motores unidos a los acordes de cadenciosos ritmos tropicales provenientes de los parlantes a modo de música de fondo. El proceso comenzaba con el despacho de los componentes para una orden específica: telas previamente cortadas en las prensas, elásticos de diferentes anchos, broches de cierre, varillas, lazos y cintas para adornar. Los suministros generales tales como hilo, agujas o bobinas se despachaban a necesidad. El proceso consistía en la formación y unión de las copas, la preparación de costados y manguillos, la unión de las partes dándole la forma final a la pieza, el cotejo de calidad a la vez que se cortaban los excesos de hilo. Finalmente se empacaban en cajas de almacenar para la venta.
Guillermo Mendizábal, técnico de manufactura, se había unido a la plantilla laboral de la Bela Cup en semanas recientes. Aquella mañana inicio sus observaciones estudiando el ciclo y movimientos de Doña Ana, la trabajadora más diestra de la primera sección. Luego procedió a estudiar empleadas con menor rendimiento seleccionando a Celeste. Esta se ponía nerviosa cada vez que observaban su labor. Mendizábal cronometraba los ciclos de las operaciones repetitivas dividiéndolas en sus más mínimos elementos los cuales comparaba con estándares en la industria y con los de la empleada más diestra. Concluido el estudio llamó a la supervisora indicando la necesidad de organizar mejor las piezas en el área de trabajo. Evitar el sobre manejo con tal que disminuyera el tiempo del ciclo.
Al mediodía el recesó de almorzar. Algunas empleadas acudían a los puestos de comida ambulante estacionados a orillas de la carretera; otras acudían al merendero a consumir lo traído de sus casas. Allí nuevamente se reunieron las amigas para comentar los acontecimientos de la mañana.
- Está chulo, mira que bien le quedan esos pantalones.
- Me gustan más los grises de la semana pasada; con que placer se los abrocharía en las mañanas.
- Yo mejor se los quito a cualquier hora.
- Chela, no hay quien pueda contigo. Ese hombre te tiene loca.
- Pues no sé, me temo que es hueso duro de roer. Esta mañana me tomó el tiempo y es muy callado, no me dijo ni pio.
- Es que es nuevo y seguro que aun tímido.
- Ya veremos cuando me decida conquistarlo.
- Veremos, que soñar no cuesta nada.
Al sonar el timbre se apresuraron ponchar sus tarjetas consignando la hora de regreso.
Su expectativa era trabajar en una plaza donde utilizar los conocimientos aprendidos en sus estudios. Luego de su graduación fue contratado por la multinacional South Cable, manufacturera de cables y alambres eléctricos. No duró mucho la dicha. Cometió la novatada de cuestionar las fórmulas empleadas al calcular el peso del metal. Inadvertidamente dejo al descubierto el esquema del gerente con un suplidor en abultar las compras y dividirse la diferencia. Al insistir en la corrección de sus cálculos le solicitaron la renuncia. Cuatro meses más tarde comenzaba a escasear el dinero con los que pagar el apartamento de los recién casados. A pesar de las innumerables solicitudes y entrevistas no conseguía trabajo.
Tan pronto regreso a la casa se percató. El abatido semblante del marido estaba transformado. Sonreía de manera sutil, como quien guarda una buena noticia.
- Marta, adivina…
- ¿Qué te traes entre manos, te llamaron?
Esa mañana la esposa ayudó en dar los toques finales, se veía impecable con el gabán de bodas y los zapatos negros. Salió temprano con tal de no llegar tarde a la cita. En el camino construía castillos en el aire: comprarían una casita, viajarían en crucero, cambiarían la vieja carcacha y sobre todo ahorrarían por si volviesen los malos tiempos. Llenó la solicitud y espero a que le llamaran al despacho del gerente. Míster Benítez le recibió con una amplia sonrisa y un fuerte apretón de manos. Apenas diez minutos duro la conversación sobre sus estudios, experiencias previas y cualificaciones. El resto de la hora y media Benítez se concentró en instarle para que se uniera a la Ultra Home, organización piramidal dedicada a la venta de vitamínicos. Con lujo de detalles expuso los pormenores sobre cómo obtener substanciales ingresos según ascendiera de nivel en el esquema.
- Lo importante no está en vender. El dinero grande se consigue según subas de nivel y recibas tu porcentaje de la comisión a los que reclutes. Yo estoy en el círculo plata. Espero llegar al dorado y de ahí al platinado. Entonces me podré retirar a la darme la buena vida.
- Agradezco, aunque de momento me interesa comenzar a trabaja en la fábrica. Cuando tenga más tiempo entonces consideraré ingresar a la organización.
- No te arrepentirás. Ve a la reunión del grupo la semana entrante en el Tropical Club, para entonces tendré una respuesta sobre tu solicitud de empleo.
Salió con la impresión que todo se trataba de charada, una tomadura de pelo. La semana siguiente asistió al Tropical Club, aceptando la oferta de trabajo de la Bela Cup. Haciéndose el desatendido dio una respuesta indefinida a la oferta de los vitamínicos.
Se acercaba, iba directo a su sección. Allí donde se unían todas las partes de los brasieres. Caminaba directamente hacia ella, pero se detuvo al llegar a la Mili.
- “Que suerte tiene la desgraciada y yo con las ganas de tenerlo cerca”.
Mili era por naturaleza un saco de nervios, cuando notó la proximidad del ingeniero comenzó a fallarle la costura, empezó a reventarse el hilo en la máquina de cadeneta con la que fijaba el elástico de los manguillos.
- Mire ingeniero, es que estos mecánicos nunca reparan bien estas máquinas, desde ayer anda dando problemas. ¡Robertooo...!
Gritaba llamando al mecánico en su ayuda.
- Mira a ver si arreglas esta máquina, que van a cogerme y hoy no doy pie con bola.
- Ayer le di mantenimiento. Pide que te cambien el hilo a lo mejor está podrido.
- Que podrido, ni que ocho cuartos; de ser así estuviesen partiendo en todas las máquinas. Mira a ver que no la hayas dejado desalineá.
Roberto se agachó a revisar a la vez que le daba un guiño y le acariciaba la pantorrilla. Diciéndole entre susurros:
- Si me la das por un buen rato te la lubrico bien y dejo como nueva.
Le metió una patada, mientras mantenía su mirada fija en el ingeniero.
- Esto va a llevar su tiempo, en que este inútil la componga. Si gusta puede regresar en la tarde y vera que bien se lo hago.
Escuchaba la conversación de lejos; la odió, era una sobrada. ¿Se creía que con aquellas tretas y artimañas podía conquistarlo? Esta tarde cuando salgamos le pongo los puntos sobre las íes tiene que aprenda a respetar propiedad ajena.
Transcurrido tres meses ninguna de las amigas había obtenido éxito en entablar algo más que una cordial amistad con el sujeto.
- Tienes una suerte perra. Ni aun comprando todos los números te lo ganas.
- Veremos, pero yo no me conformó con esos jefes americanos que vienen de vez en cuando. Si te agradan allá tú qué sabes inglés y entiendes como bregarles.
Las miradas tornaron a Celeste, que hizo mutis de inmediato.
- Mili tu tampoco hables mucho, siempre le ríes las gracias a Roberto a pesar de que juras te repugna. ¿Acaso eras tú o era una con tu misma pinta la que vi el viernes acaramelada en el asiento trasero su auto?
Estaba que no había quien le bebiera el caldo. Venia directa, tirando a la yugular, estaba crispada. Las amigas imaginaban que estaría en uno de esos días del mes.
La noche anterior a su abuela, la que crío y con quien vivían, fue llevada de emergencia al hospital municipal; desconocía si era un ataque cardiaco o un derrame cerebral. Ahora tendría la obligación de mantener la casa y a sus hermanos menores. Le era urgente tener a alguien que fuese amante y proveedor. Lo que hasta ayer fue un capricho hoy era apremiante.
Esa semana estaba nuevamente asignado a su sección. Tenía que estudiar la operación. Tras la anterior experiencia tenía la certeza que no perdería su tiempo con Mili. En la mañana les advirtió a las compañeras sentadas a su entorno:
- Si se acerca se hacen las indispuestas. Inventen cualquier excusa, salgan a fumar un cigarrillo, aleguen les cayó mal el almuerzo. No dejen las escoja para el estudio, o ya saben lo que les espera. Hoy me tiene que cogerme a mí y solamente a mí
En la mañana estuvo con la Herminia en la unión de los costados. Chela esperaba inquieta. “¿Que estará chachareando la vieja para que se tarde tanto? Seguro contándole historias de antaño, por Dios que tome un buche y se calle.” Al regreso del almuerzo necesitaba estudiar la unión de los manguillos a la pieza. Doña Miriam alego tener una fuerte jaqueca, María Labra se excusó por estar embarazada. A falta de más alternativas seria Isabelita Martínez, la Chabela.
Desde el primer día le gusto. Reprimía las ganas en decirle algo por aquello del qué dirán; él era un hombre casado. Ahora simularía, haría como quien que no tiene ningún interés particular. Ella sintió su presencia, percibió su aura, aspiro el perfume varonil que emanaba y la proximidad de su cuerpo. Lo sintió a sus espaldas y dispuesto a iniciar lo que por tanto tiempo anhelaba.
- Buenas tardes, Señorita Martínez. Estaré junto a usted tomado el tiempo del ciclo en la operación que realiza. Espero no ocasionarle ningún inconveniente, siga trabajando como si yo no estuviese aquí.
Quedo en éxtasis al escuchar su voz. Aunque siempre lo soñó nunca pensó tener la dicha que estuviese tan cerca, al alcance de la mano; se sonrojo.
- Si se siente incómoda puedo hacerle el estudio a otra empleada.
Volviendo su cara y mostrando una sonrisa contestó:
- No se preocupe, que estoy preparada para todo lo que quiera.
Sintió que toda la fábrica se paralizaba, que quedaba en suspenso y todos los ojos se posaban en ellos. No escuchaba el ruido de los motores ni el parloteo de sus compañeras. Era solo él, él allí a su lado viendo como con habilidad y maestría cosía las piezas una tras otra.
A su lado otro corazón latía ante la proximidad de su presencia. Al fin la tenía, estaba allí junto a la Chabela. Perdió la concentración, perdió la cuenta, teniendo que reiniciar el cronometro en varias ocasiones; embelesado viendo tan próximo su cuerpo y oyendo sus palabras. El timbre marco el fin de la jornada, retornando a la realidad.
- Gracias Señorita Martínez, por su cooperación y su tiempo.
- A sus órdenes para cuando desee.
Varias jornadas siguientes, otra mañana rutinaria como cualquiera. Al llegar el receso de almuerzo sentado en una mesa del comedor Guillo abría la lonchera preparada por su esposa la noche anterior. Los castillos en el aire, los planes con su sueldo necesitaban de tiempo. Por el momento tenía que ahorrar, poner al día las cuentas y levantar los fondos para el pronto pago de la casa anhelada. Afuera las muchachas charlaban.
- Chabela ya tuviste tu oportunidad y nada de nada.
- No te creas de porque le hayas hablado has ganado la apuesta. Es más, creo que es muy pendejo o tal vez no le gustan las mujeres.
- Ni tanto, que es casado.
- Eso que importa.
- Bueno, eso pronto lo sabré. En todo caso ustedes aparte de los mecánicos o el viejo de Don Benítez no levantan ni un muerto.
Levantándose tiro el cigarrillo de mala gana y lo aplastó con las sandalias.
- Que humos. Se cree la última Coca Cola del desierto. Veremos a ver que logra.
- Solo espero que fracase.
Doña Leticia que escuchaba las reprendió:
- Arrepiéntanse, sigan el buen sendero y dejen de ser instrumento del mal. Alabado sea Dios.
Para su sorpresa fue Doña Herminia la que le salió al paso:
- Deja en paz esas muchachas. Son mozas y tiene que gozar su juventud. Acaso no te acuerda cuando hacíamos de las nuestras. Si ahora estás obsesionada con la religión es tu problema.
Entro decidida. Lo vio en la mesa almorzando y se le acerco.
- Buen provecho, suculenta comida. ¿Está siempre aquí tan callado y tan solo?
No supo que contestarle. Se sintió fuera de base. Chabela sin preguntar se sentó a su lado y dando una sensual mirada preguntó:
- ¿Fumamos?
Guillo nervioso extrajo la caja del bolsillo. Ella sacó dos cigarrillos prendiéndolos al unisonó; le dio uno. Aspiro el humo, palpo su fragante aliento y la humedad de sus labios. Ahora todo comenzaba. Comenzaba la cadena de salidas furtivas, citas a escondidas, incógnitos encuentros. Algunas tardes coincidían ausentándose del taller por estar enfermos y en tanto acudían al apartado motel donde curaban sus ansias. En otras era al concluir la jornada cuando alegaba llegarían tarde al hogar por culpa de cualquier imprevisto, mientras escapaban a cualquier amoroso nido. Fueron horas de pasión, de entrega, de impetuoso frenesí, de simulaciones, de mentiras, de riesgos y engaños. Evitar no se descubrirse mientras en un oculto tálamo se desvestían el cuerpo.
Comenzó a ser un secreto a voces, la comidilla del día, la “vox populi”; tan evidente como el sol en un tropical verano. Pero no era verano, era diciembre y se aproximaba la fiesta navideña de la Bela Cup, el punto culminante que marcaba el fin de la jornada y el comienzo de las vacaciones. Actividad con música, baile, bebidas y el típico lechón asado donde se echaba la casa por la ventana.
La notaba demasiado extenuada, melancólica o más bien retraída. Siempre sobre la maquinilla redactando o revisando algún escrito para la editorial donde laboraba. Tal vez su estado fuese el producto del cansancio.
- Últimamente te noto muy cansada. ¿Estás enferma?
- No, no me pasa nada es que…
Era un es que…, que nunca completaba. Pensó que no obstante a su cautela se había enterado y dado cuenta. En todo caso era hombre y su entusiasmo por la otra no quería decir que la amase menos. Trató de justificar su estado de ánimo.
- Seguro que te preocupa aun no hayamos podido comprar la casa, a pesar de lo mucho que hemos ahorrado. Pero no te angusties, falta poco para completar el pronto pago.
Ella se limitó a contestar con una tímida sonrisa que él no percibió. Calló, no quería preocuparlo. El pobre Guillo se fajaba trabajando tantas horas y tantos días tratando de conseguir el pronto pago de la soñada casita. Ya llegaría el momento adecuado para hablar.
Mediados de enero, tres semanas sin verse. Había cerrado con broche de oro en la fiesta navideña. Llegó deliberadamente tarde, dos horas luego del comienzo de la actividad. Iba vestida regia como para matar de envidia, al ocasionar que todos tornaran cabeza en admirarla. Bailaron un bolero bien pegadito, de esos donde se brilla la hebilla y sin salir de la misma loseta. Susurraban al oído y reían sin reparos.
Mediados de enero. Tenía la batalla gana y hacia ilusiones. Aquello inevitablemente subiría de plano, quería ser suya con todos los papeles. Entre sus amigas se jactaba que pronto renunciaría al taller, dejaría ser una entre tantas, de ser esclava de la aguja. En la tarde se citaron al motel cercano. Acabados llegar se abalanzaron con ansias al fin de recuperar los días perdidos. De pronto sonó el teléfono.
- ¿Se encuentra Guillo? Estamos llamando desde la administración.
- No, aquí no hay ningún Guillo.
Se le congelaron, se paralizaron, no pudieron culminar. La llamada enfrió las ansias. Lo dejarían para otra ocasión.
Nadie decía nada, solo cuchicheos, chismes de comadres. Benítez se sorprendió cuando llego aquella carta con la escueta nota de Mr. Swanson: “Dear Johnny, please take care. Stop all this fuzz”.
- Aquí vamos de nuevo, estos gringos con sus ridículos puritanismos. Seguro alguna vieja cizañera habrá escrito a las oficinas centrales sin atreverse a identificarse. No me queda más remedio que darles machete a los tórtolos.
A finales de marzo comenzó el operativo. Comenzaron las burlas, pullas y el menosprecio; se sintió como pez fuera del agua. Lo empezó a ver distante e indiferente, como queriendo esquivarla. Necesitaba saber que ocurría. Iría hasta su cubículo, lo interceptaría en su camino hacia el auto en la salida. Al mediodía sus amigas la confrontaron.
- Eres una cornuda, te los puso con su doña.
Esa tarde lo vio partir. Iba cabizbajo cargado con sus bártulos. Lo habían despedido. Hubiera querido hablarle, pero no pudo, le ahogaba un llanto.
Tres meses más tarde se oyó en el hospital el llorar del recién nacido. Ahora todo cambiaba, todo lo pasado era juventud remota. Se despidió dándole un beso a su esposa y al primogénito. Partió a su nuevo trabajo con el firme propósito de no desviar la ruta y garantizar sustento.



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