Caballo Viejo

 

Caballo Viejo


 

 

Lucio robó el tiro de salida a los compañeros, abordó su Mustang encaminándose a ser el primero en disfrutar la fría1 esa tarde. Ya no tenía que rendirle cuentas a nadie. Los otros del corillo quedaron rezagados en el taller recogiendo las herramientas, intentando impresionar al recién nombrado gerente a la jefatura en la administración en la fábrica.

 

—Guango, sácala del fondo que están más frías.

Extrayendo la más inmediata se la dio. Le aclaró que desde la mañana reorganizó la nevera y las calientes se echaron al fondo.

 

Don Manuel, el dueño del Colmado los Reyes, acostumbraba a aprovisionar y organizar el establecimiento durante las horas de menor movimiento. Temprano en la mañana acudían los estudiantes y empleados rumbo a los planteles escolares y los talleres; a las nueve llegaban los obreros del primer turno a desayunar sándwiches, frituras, cafés o refrescos. Esporádicamente se allegaban vecinas a surtirse de arroz, habichuelas y mixturas con que preparar la cena de la tarde. A las tres bajaban en estampida los estudiantes de la intermedia pidiendo refrescos, papitas, chicharrones o cualquier dulce con que calmar la hambruna. El fuerte en las ventas comenzaba pasadas las cuatro con el expendio de bebidas embriagantes a los que salían de las fábricas, en especial los de la Mirage Manufacturing.

 

- Hoy le ganaste la partida a todo el mundo.

- Los muchachos ya vienen por ahí; es que se quedaron a impresionar al nuevo jefe.

—Ah, no sabía que el ingeniero se había ido.

- Sí, desde hace un mes lo fueron. Ya es historia antigua.

 

El Ingeniero Fernández, que sustituyó a Santana, duró escasamente un año en el puesto. A pesar de sus lazos sanguíneos con un alto líder político en el gobierno y la habilidad para codearse entre la jefatura de la Asociación de Manufactureros, en términos prácticos, su capacidad para administrar la Mirage fue nula. Salía de la oficina y llamaba a reunión dando discursos amenazantes cada vez que se atrasaba la producción o se dañaba una máquina principal. Veía complot en su contra por todos lados de los empleados adeptos al anterior gerente. Temía que uniones radicales se infiltraran en el taller. La falta de conocimiento técnico relacionado con el mantenimiento de equipos, el control de insumos, la secuencia del proceso y los criterios de calidad impedía que tomara decisiones certeras; se ahogaba en un vaso de agua. Con una bravata concluía las reuniones administrativas, siempre en busca de un culpable.

A la media hora comenzó el desfile de automóviles, los cuales se estacionaron a la orilla de la carretera Número Dos próxima al colmado. Fueron entrando a la vez que pedían su cerveza o algún trago de predilección. El Cano luego de pedir una caneca y un par de Coca Colas se sentó junto a otros tres compañeros en unos cajones de madera que hacían las veces de taburetes al lado izquierdo de la entrada del negocio. Lucio para que todos se enteraran le grito desde el mostrador:

 

—¿Que ya le comieron el cerebro al nuevo míster?

La pregunta impertinente volvía a incomodarlo; desde que le dieron la plaza de mecánico, la tenía cogida con él. No comprendía por qué razón sangraba por la herida. En todo caso no solicitó la plaza ni poseía los estudios para la misma.

 

- No tanto como comerle el cerebro, pero comenzamos a establecer un diálogo con el jefe, a ver con qué intenciones ha llegado. Siempre empiezan a tratar de implementar todas las normas del manual y hay que decirles cómo se bate el cobre por estos lares.

De cierto que a Lucio no le agradaban de a mucho las pretensiones del Cano, eso de creerse con la libertad de dictarle pautas al jefe. En todo caso, el muchacho llevaba siete años menos con él en la Mirage; al parecer, la nueva plaza de mecánico le estaba levantando los humos y retando su liderato. Los de mayor antigüedad eran los indicados a trazar la raya y dictar las pautas; pidió otra fría y siguió charlando con sus compañeros de siempre.

 

 

El colmado era una tienda familiar y no necesariamente por el ambiente; dependiendo de la hora, en especial luego de las cuatro, no osaba entrar una dama que se reputara de tal. El negocio era herencia de la familia de Don Manuel Reyes. Su abuelo estableció el mismo al lado del camino de bueyes que transportaban la caña de las dos principales haciendas del barrio hasta la vía del tren. Floreció y tuvo sus mejores tiempos durante el auge azucarero; compraban en los grandes almacenes del pueblo y se detallaba a los vecinos y obreros de las fincas. En esos años no existía transporte público. Las personas se transportaban caminando o a caballo, permitiendo mantener una clientela cautiva a media milla en la redonda. No era problema fijar precios con márgenes de ganancia sustanciosos, lo que permitió al dueño levantar un pequeño capital. Don Benito, el patriarca, no fue explotador; en todo caso, todo lo contrario. Mantenía una línea de crédito a los que se les atrasaba el jornal o estaban muy cortos de fondos y no negaba un bocado al que le faltase dinero y se arrimase.

La vellonera5 comenzó a sonar entonando viejos boleros de Daniel Santos intercalados con candentes ritmos tropicales. La conversación se animaba con la música y la sucesión de tragos. Al agotarse los temas de jefes y conflictos del taller, se dio paso a la conversación obligada: las faldas.

 

 

- ¿Se fijaron en las temporeras que comenzaron a trabajar el lunes?

La gerencia de la Mirage aprovechaba los recientes cambios en las leyes laborales que el gobierno adoptaba con tal de hacer el país más competitivo en la economía globalizada. Las anteriores prácticas de someter a los candidatos a pruebas de habilidades objetivas y posteriormente otorgarles a los seleccionados plazas regulares con todos los beneficios del plan de salud, días festivos, bono de Navidad y retiro fueron eliminadas. Ahora la mitad de la plantilla eran jóvenes temporeras provistas por algún subcontratista. En raras excepciones alguna lograba una plaza regular. Al terminarse los fondos de adiestramiento que el gobierno aportaba subsidiando la mitad del salario, concluía el trabajo y eran sustituidas por otra camada. La llegada de las nuevas temporeras provocaba que se dispararan las hormonas y emprendieran los planes de conquista.

 

 

Ufanándose como el principal padrote del taller, Lucio volvió a robar el tiro a los compañeros:

—Ya yo separé a la Paulina, así que manos afuera del plato quien esté pensando en ella.

- Siempre detrás de las prietas.

 

 

Todos los del corillo presumían de ser el Gran Tenorio narrando historietas en aventuras amorosas. Quedarse callado o el no tener un cuento motivaba a cuestionar la hombría; para estar en el clan Los Reyes, se hacía o se inventaba.

 

 

Con el progreso del barrio empezó la decadencia de Los Reyes. La siembra de brea y el surgir de las pisicorres facilitaron el viajar al pueblo. Los parroquianos, en especial aquellos con mayor número de entradas en la lista del fiado, se apresuraron a pasear por los pasillos de los recién inaugurados supermercados de aire acondicionado. Caminando entre góndolas, seleccionaban el alimento de más atrayente envoltura. El obstinado carácter de Don Benito unido al poco ánimo de sus hijos a trabajar en el colmado evitó que se aprovechara la oportunidad de modernizar, manteniéndose el arcaico concepto de mostrador donde se pedía la mercancía.

 

 

Apenas al salir de escuela superior se incorporó a la Mirage Manufacturing. Fue a solicitar trabajo y la recepcionista le agradó por la disposición que vio en el joven. Luego de cualificar en las pruebas de habilidad, el Ingeniero Santana quedó impresionado por lo respetuoso y el aplomo con que dio los buenos días. Comenzó como despachador en la línea de empaque. Seis meses después, al publicarse la plaza para operador de trituradora, solicito el puesto; aunque no fue seleccionado por existir otros candidatos con habilidades y estudios similares pero de mayor antigüedad, el gerente le nombró asistente de operador. Para esa época conoció a Marta, una joven empleada un año mayor de edad, con la cual entabló amistad que más tarde culminó en boda. La ceremonia hizo historia en el vecindario al celebrarse por todo lo alto y el comentado regalo del gerente, que consistió en la estadía en el Hotel Salcedo de República Dominicana. Para completar la dicha, le dieron entrada al grupo de ventas por pirámide Tupperware. Negocio paralelo independiente, por la izquierda, que el ingeniero Santana coordinaba desde la oficina a espaldas e ignorancia de los directivos norteamericanos de la Mirage Manufacturing.

 

 

En agradecimiento se convirtió en el empleado incondicional y confidente de Santana. Le mantenía enterado de cualquier malestar entre los empleados y supervisores, reportaba acciones delictivas internas contra la empresa y conflictos entre obreros que potencialmente pudiesen afectar el negocio. Como parte de su labor de inteligencia, se convirtió en asiduo cliente de Los Reyes. En medio de bromas y tragos podía detectar las movidas de los compañeros y advertir a tiempo para evitar que se afectaran los intereses de su jefe. Fue el ambiente del grupo, una natural predisposición, la inseguridad en sí mismo o el simple gusto por lo que oía lo que le motivó a elucubrar aventuras para jactarse de ser más que los demás. Necesitando dar mayor credibilidad a su fama, pasó de la palabra a la acción, iniciando la larga carrera de infidelidades. Si bien al principio guardó las apariencias y evitó entablar relaciones con las compañeras de taller, la necesidad de probar que era un macho ante el clan Los Reyes le obligó a romper la norma.

 

 

En el trecho de los diez años transcurridos, de ser envidiada pasó a ser la amargada; sus sueños de felicidad se desvanecieron. Tomó como habladurías de viejas viperinas los primeros comentarios que escuchó. Luego luchó como leona por su hombre, confrontando, en algunos casos físicamente, a las descaradas que se lo estaban sonsacando. Mandó misas, llevó hábitos, prendió velas a santos, frecuentó espiritistas, pagó por hacer trabajos de santería, puso querellas en la policía, envió anónimos a maridos engañados y haciéndose pasar por otra, llamó telefónicamente al patrón denunciando a las adúlteras.

 

 

La Mirage Manufacturing llegó con la Operación Manos a la Obra como un esfuerzo de las autoridades en proveer empleos a los campesinos desplazados por la decadencia de la industria azucarera. Las dos importantes fincas abandonadas dieron paso al establecimiento de un parque industrial y al asentamiento de parcelas de vivienda a los antiguos peones. Además de la Mirage Manufacturing, se instalaron en el parque industrial Nancy’s Fashions, factoría de costura, que fue sucedida por la farmacéutica Wellness; La Glow, manufacturera de bombillas que, junto a la productora de juegos electrónicos Sensations, completó el complejo de talleres establecidos en el parque industrial. El sector otrora agrícola se transformó en área industrial suburbana. El Colmado Los Reyes quedó desde entonces como el resuelve en la compra de alimentos a última hora y el sitio obligado para refrescarse al concluir la jornada en las fábricas.

 

Los palitos de ron que en antaño consumían jornaleros fueron sustituidos por el trago mezclado con soda o una cerveza. Don Manolo, hijo de Don Benito y padre de Manuel, al hacerse cargo del negocio cuando el viejo se retiró, introdujo como innovación la vellonera y un billar. El billar se eliminó con el pasar del tiempo por las discusiones que generaban las jugadas del Ocho Negro, de dónde se metería la última bola.

 

—Pepe, ¿te vas tan hoy temprano? ¿Tienes que ganar puntos?

 

Con reticencia algunos comenzaban a desfilar antes de las siete. No era su preocupación el tener que dejar la botella y los amigos para arranarse en sus hogares; era la certeza que, no bien dieran la espalda, comenzaría la cháchara por no ser suficientes hombres para realizar lo que les viniera en gana.

 

- A ese lo tienen bien sentao en el baúl. La mujer lo pilló el mes pasado con la chilla en las fiestas patronales y armó tremendo revolú. Dicen que le pusieron ponchador en la entrada de la casa para que no vuelva a perderse. El viernes pasado se pasó de las siete y por aquí se presentó la doña con su tribu de barrigones.

 

 

La noche avanza. Las palabras cargadas del licor aumentan de volumen y las bocas se vuelven pastosas. Con la conversación se adentra en la desvergüenza y mueve a risotadas. Los atributos anatómicos de cada empleada temporera se enumeran acompañados de algún pueril comentario sobre el propuesto acto fornicario que se le ocurra al que le toque en la ronda para impresionar a los demás.

 

 

- La rubia tiene unos labios para comérselos a besos y darme una buena mama...

—Cinthia es chiquita, así que es mejor sentarla encima para que te cabalgue, no vaya a ser que se le rompa su cosita.

—Flaco, no sé cuál es tu brete; a mí me dijeron que con lo tuyo ni a una de quince le haces cosquilla.

 

Se produjo una carcajada general. El Cano se encojonó; volvía a salir Lucio con sus impertinencias. Ya buscaría cómo desquitarse. En esos instantes Don Manuel intervino:

 

- Muchachos, bajen la voz, que por aquí cerca hay casas de familia. Ya voy a cerrar, así que pidan para el camino.

 

 

 

—Martita, no pierdas la fe. Tú eres una mujer católica y recuerda que el matrimonio es para toda la vida. Dale tiempo al tiempo y verás cómo recapacita y vuelve al redil; después de todo, él es hombre y a esas cosas no se les da importancia. Mira a tu abuelo, que, aunque tuvo sus mujeres por ahí, a nosotras siempre nos respetó y nunca nos faltó nada.

 

Con estas y mil razones más, Doña Ramona, comiéndose por dentro, ya que al final fueron un reguerete los hijos del muerto y todavía se peleaban por la herencia, trataba de aplacar a su nieta.

 

- Habla con el Padre Anselmo, que él te dará un buen consejo.

 

De nada le sirvió el consejo del cura para que convirtiera su coraje en cristiana resignación. La humillación de que su marido se acostara con la Lupe, el fleje más conocido del taller y que la misma se lo restregará en la cara frente a las compañeras colmó la copa.

 

Hacía año y medio que volvió a la iglesia, pero no a esa donde los santos le fallaron. Asistió por casualidad, acompañando su vecina a la campaña del Hermano Suárez. Un antiguo cura español convertido al Evangelio que promulgaba la necesidad de la conversión y el fin a la idolatría papista romana. Su ofrecimiento de una nueva vida espiritual le infundió perdidas esperanzas. No bien regreso a su casa, echo en una caja las santas imágenes, junto a rosarios, hábitos y escapularios, y lo tiró a la basura. Con la unción se transformó; como por milagro dejó de sufrir por las infidelidades de su marido uniéndose al grupo de hermanas pandereteras en la congregación. Siguiendo los consejos del reverendo y con el libro en mano, reclamo la mayordomía del hogar y emprendo a reprender en nombre de Dios a esposo e hijos.

 

Superando los pasados sufrimientos, la hermana Marta empezó a confiar todas las aflicciones y buscar todos sus consuelos en Mano Suárez. Se produjo lo inevitable.

Se inició el tumulto final. A la vez pedían sus frías, canecas de ron, tragos para llevar, pan, mortadella, queso... para terminar la noche. Don Manuel y Guango se multiplicaban sirviendo y recolectando los postreros pesos de la noche. Algunos aprovecharon la ocasión para echar pies en polvorosa sin los demás se dieran cuenta y no fueran a quemarlos. Al final quedó el grupo reducido de apenas seis para seguir con el vacilón. Continúo la desfachatada conversación.

 

—¿Víctor y tú qué, no te vas a tirar ninguna de las nenas nuevas?

 

- A mí me gusta una, pero ni lo menciono, ya que tú estás al acecho de todas.

 

Lucio ya daba tumbos; continuaba con su altanería. En eso pasó la guagua de la congregación con los altoparlantes llamando al culto. Los compañeros sonrieron.

 

Con voz gangosa, remató:

 

—Yo con la que me voy es con la Lupe. Es más mujer que todas y esa necesita un macho como yo. Tengo para ella y para todas las que ustedes no puedan complacer. Pero no teman que siempre les dejo algo a to’ ustedes. ¡Desgraciaos!

 

Los del clan se miraron entre sí y rompieron en una sonora carcajada final.

 

En ese momento, la cabeza de Lucio chocó con el piso.


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