El Entierro

 

El Entierro

 

Dedicado a un buen amigo que no quiere escriba cuentos tristes.

 

Temprano al salir el sol inició las tareas diarias. Con la azada desyerbó las talas de yuca, maíz y yautías.  Sacó del corral a los cabritos y alimento a las gallinas. Más tarde regresó al bohío a tomar el café puya acompañado con un funche preparado por Doña Saro de desayuno. Bajando a la quebrada se sumergió en las cristalinas aguas en un baño matutino. De regreso se vistió de blanco con la almidonada camisa de mangas largas y el pantalón de hilo ajustado con el verde cinto. Calzó los botines negros, aquellos que con celo guardaba para ocasiones principales.

-       Bendición mamá

Dándole un beso en la frente Doña Saro añadió:

-       Dios te bendiga hijo y espero logres tu anhelo.

 

Salió contento, esperanzado según adelantaba por el trillo que conducía desde su bohío hasta el camino principal. A su paso escuchaba pitirres y jilgueros acompañándolo con sus cantos.  Ahora su barrio de Montones le parecía el paraíso, su tierra de breve altura interrumpida por lomas y piedras ígneas alineadas a las orillas como remembranzas de una desconocida y prehistórica historia indígena.  Cuánto imaginó en sus años tiernos ser el cacique de un yucayeque al estar sentado sobre las mismas. Llegado al camino principal se dirigió hacia el oeste. Iba cantando bajito, entre labios aquella canción que dice así:

“En las montañas de Borinquén bella

Entre las sombras de un platanar,

Vive mi amada linda doncella

La jibarita de mi cantar

Cantan las aves en la enramada

Murmura el río una oración

Y en la venta de mi adorada

Se oyen las notas de mi canción.”

Vadeó los profundos baches producidos por las ruedas de los carros de bueyes en su transitar llevando la caña de azúcar hasta el centro de acopio donde la recogen los camiones para llevarla a la central. Montones, su paraíso, ahora convertido en otro hato dependiente del monocultivo insular.

 

-       Buenos días Don Franco

-       ¿Cómo estas muchacho? ¿Qué milagro que estés hoy domingo por acá?

Con el debido respeto hizo la petición hablando despacio y con determinación. Al terminar sus palabras tenía una sonrisa en los labios esperando respuesta. Don Franco sin alzar la vista siguió amolando el machete mientras le escuchaba. Luego mirándole fijo a los ojos en forma adusta contestó:

-       Mijo, usted podrá ser persona honrada y trabajadora, pero no tiene recursos. No es hombre para mi hija.

Tras las celosías Jovita escuchaba la sentencia de su padre y en un llanto silente se ahogo. Si no era el Marcelo, no sería de nadie. Prefería entrar a un convento o convertirse en una amarga solterona.  Siempre lo quiso desde cuando eran infantes, desde cuando de niños retozaban en el agua del riachuelo que dividía las dos fincas. Fue más tarde pasados los años primarios que coincidieron en las fiestas patronales del pueblo. Conversaron, montaron en las machinas y él atrevidamente le robo un beso. Beso que aun recordaba con pasión.  Se vieron a escondidas y esperanzados visualizaron juntos una vida futura.  Ahora papá le mataba todas las ilusiones.

-       Respeto su decisión Don Franco, pero espero que algún día cambie mi suerte y me acepte como yerno.

 

Montones, su paraíso, ahora convertido en otro hato dependiente del monocultivo insular. La única oportunidad disponible para adelantar el paso, es decir ganar dinero era convertirse en peón de cañaveral. Blandir con bravío el machete de lado y lado tumbando la caña y demostrar que se era más diestro que los demás en acabar con el callejón asignado. Si por suerte el capataz se daba cuenta obtendría más certeza de ser empleado en la próxima zafra. En el intermedio vendría el tiempo muerto.  Tiempo donde se depende únicamente del producto de las talas alrededor del bohío y los animales de crianza para sobrevivir. Así nunca levantaría cabeza ni podría aspirar a que le concedieran su mano. La otra solución, la inmediata, aunque sabía ella estaría dispuesta por el amor que compartían no quería forzarla; no quería raptarla. No quería que con el tiempo dijeran que era una cualquiera aunque más tarde fuera su esposa y señora con todas las bendiciones eclesiásticas. Mejor esperar con resignación que cambiara su ventura. De darse el caso seguiría hacia la altura donde se respira el aire más puro y cada jibaro tiene su conuco sin tener que depender de la caña. Empeñado en mejorar suerte consiguió un segundo trabajo. En la época muerta trabajaría en la hacienda de Don Anselmo.  Era una hacienda en terrenos más altos camino hacia la Montaña Santa de Guavate. Allí se cultivaba el café, los guineos y las naranjas. 

 

Esa tarde la madre al verlo venir con desanimado le dijo:

-       Mijo no te preocupes que rezaré por lo tuyo e invocaré a todos los santos. Tú has sido un buen hijo y ni Dios, ni la Virgen te desampararan.

En esa semana, a pesar de las prohibiciones anunciadas por los curas, Doña Saro asistió a un Tendido Blanco. Era la versión criolla de los adeptos a Kardec. Doña Nina que presidia la sección torno los ojos en blanco al escuchar la consulta. Tras dos o tres convulsiones, derramó el vaso de agua y cambiando el tono natural de su voz dijo:

-       Antes de que concluya el tiempo muerto encontrara un entierro para su felicidad.

-        

Con el mismo ahincó que blandía el machete en las calles de caña era su esfuerzo con el pico y la azada abriendo nuevos surcos en la montaña para sembrar.  Fue en uno de esos tirones que se topo con el cofre enterrado. Cauto, sin que otros se dieran cuenta se aparto a un lugar más despoblado y descubrió su contenido. Contenía el cofre muchos doblones de oro españoles de la época de colonial. En la nota manifestaba que eran parte de la herencia de los hijos de Navarro y que había sido enterrado ante la posibilidad que los conquistadores americanos quisieran privarlo de su caudal. Añadía la misiva que en caso de que no fuese su propia familia el que los encontrase hiciera el favor de hacerle llegar el contenido a sus descendientes

.

          Ahora se encontraba en una encrucijada. Conocía unos Navarros que según los rumores fueron en una ocasión de las principales familias de la región pero que luego de la invasión habían venido a menos. Por otro lado pensaba que con aquellos doblones de oro, que constituían una fortuna bien podría comprar una finca en la altura y casarse con su Jovita. Tendría los recursos para demostrarle a Don Franco que era digno de su hija. ¿Qué haría? ¿Ser honrado y devolver aquel caudal a sus legítimos dueños o por el contrario asegurar su felicidad? Pudo mas su honradez que el asegurar su sueño. Se comunicó con los Navarro y le hizo entrega del tesoro. Para su dicha y sorpresa en agradecimiento de su hazaña y verticalidad le dieron la mitad de la fortuna encontrada.

 

          La última vez que vi a Marcelo estaba contento y feliz. Don Franco lo aceptó como yerno concediendo la mano de su hija. Establecieron su casa en la parte alta de Montones en ese punto medio donde se cultiva la caña y el café. Cantaba al unisonó con su amada esposa la siguiente estrofa que dice así:

“No hay otra tierra como mi tierra
De ricas mieles y buen café
Por eso siempre mi vida entera
En mi boh
ío yo viviré”
 
18 de mayo del 2012

Toa Baja, Puerto Rico

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