Recuerdos de Viernes Santo

 

Borinquén nombre al pensamiento grato

Como recuerdo de un amor profundo

 

- Doña Lucia deje el arroz con calamares hecho, volvemos como a la una. Si tienen hambre coman al frente.

Caminamos desde casa, pasando frente a la escuela y llegando hasta la parada de la calle 7. En la esquina de la residencia que está rodeada de robles. Allí había sombra para guarecernos del sol en lo que esperamos la guagua. Ese viernes mi madre, hermanas y la vecina del lado con sus hijos vestíamos las mejores galas luctuosas. Que recuerde nunca papá o el padre de mis vecinos nos acompañaron. Luego de quince a veinte minutos oímos el ruido distintivo de la guagua doblando por la esquina de la calle 18 con la 7.  Venia casi vacía así que tan pronto pagamos el torno corrimos hacia la cocina, la parte posterior del autobús,  para sentarnos todos juntos. Mamá y Doña Virginia ocuparon el asiento izquierdo del frente. El autobús continúo su marcha por la 14 atravesando la Avenida de Diego y entrando por la misma calle al sector oeste. En el transcurso comentamos lo que pasábamos de lado.

 

- En esa casa son bien macetas hace año no la pintan.

- Esa de dos pisos es donde fui a kindergarten. La maestra era una vieja que me daba con la regla si no aprendía la Cartilla Fonética.

- Esos parecen que se pegaron en la lotería, mira tienen un carro nuevo y le hicieron un balcón grande a la vivienda.

 

La guagua salió de la urbanización y continúo por la carretera del matadero. Allí se levantaba un arrabal el cual cada vez llovía mucho se inundaba. En el huracán Santa Clara del 1956 hubo que refugiarlos en la escuela frente a casa. Mirábamos con curiosidad los callejones que se adentraban al mangle y las hileras de casas levantada de lado y lado. Algunas de ellas de trazos de madera, otras en bloques aun sin empañetar.  Entramos a la carretera número 2, ahora llamada Avenida Kennedy,  y seguimos entre manglares y “dealers” de automóviles hasta que percibimos los olores típicos del crematorio. Por ser día libre no estaba ardiendo mucho. Suerte ya que en varias ocasiones uno se ahogaba con el humo al pasar por el frente, en especial si había tapones.  Pasado el crematorio cruzamos sobre el monumental puente nuevo de la Constitución. A uno que otro nos entraba temor de que la guagua se fuera a caer en las aguas del caño, por el temor que fuese a salir el Monstro de la Laguna Negra o el Pulpo Gigante de las películas de moda. Pisamos nuevamente la loza firme al llegar a Santurce. De la parada 18 seguimos hasta la Ponce de León que era el corazón de la ciudad con sus numerosas salas de cine, la New York Department, la Giralda, Fuentes Fluviales, el Colegio de Abogados y unos condominios estilo español. Era una Avenida ancha que siempre estaba llena de gente en especial los sábados cuando acudíamos para hacer compras y uno que otro domingo para ir al cine.

 

 

Después de atravesar el Puente Dos Hermanos caíamos en el Escambrón para seguir por el lado del Muñoz Rivera hacia Puerta de Tierra.  El panorama sé hacia más formal según observamos San Agustín, La Guardia Nacional y el Capitolio. Allá abajo estaba la playa de Peña Pará donde papá me enseño a nadar. Enseguida llegamos a la ciudad vieja y nos detuvimos en la plaza de Cristóbal Colón. En la plaza se encuentra la estatua que dio pie para el refrán popular “cuando Colon baje el dedo”, respuesta a quien espera lo imposible.  Comenzábamos la visita. 

 

- recuerden que hoy es Viernes Santo, hay que hablar bajito que no vayan a regañarlos.

 

Puesta nuestra cara de compungidos caminamos hacia la Santa Ana. La muchedumbre hacía fila para entrar. Era necesario tener cuidado ya que el piso de la iglesia queda más bajo que la acera.  ¿Será que se ha hundido?  En Santa Ana hicimos el primer rezo de la jornada y fuimos a ver las estatuas de santos en lo que nuestras madres terminaban sus oraciones. Esta iglesia queda encerrada, aparte de la puerta no se ve ningún otro sitio por donde le entre el aire. Me sentía como ahogado en ella.  Seguimos hacia la Capilla del Santo Cristo donde insistíamos que nos contaran nuevamente la leyenda que dio origen a la misma. Se veía junto al altar de plata como unas tarjas viejas de agradecimiento por curas milagrosas de enfermedades.

 

- Ave María Purísima, cuanto no se habrán gastao en hace ese altar en plata, con todas las necesidades que hay en el mundo.

 

Así comentaba Doña Virginia, que lucía un gran medallón dorado del Sagrado Corazón, cada vez que visitamos la capilla.

 

Al salir de la capilla llegábamos hasta la calle Fortaleza y caminamos asustaos al frente del Palacio de Santa Catalina donde siempre estaba la guardia armada que miraba a todos los que nos dirigíamos a la Capilla del Asilo de Ancianos con ojos de sospechas. En la capilla del asilo el Santísimo siempre lo exponía con majestuosos arreglos de flores. La capilla está bien iluminada, aparte de la puerta central tiene grande entradas laterales. En el pasillo entre la capilla y el asilo de ancianos se nota una vista panorámica de toda la bahía de San Juan. Es contradictorio tener tan buena vista para morir.

 

Seguimos. Ahora a caminar un buen trecho subiendo por la calle del Cristo hasta llegar a la catedral.

- Mira esa doña que ridícula, parece un saco de papas.  Rompimos a reír al observar una penitente con hábito.

- Más respeto que estamos en Viernes Santo.

 

La doña tenía un hábito de San José por alguna promesa. En ese tiempo era más común que hoy día. Recuerdo que años más tarde mi madre vistió con uno en promesa de no sé qué, quizás por la salud mental de papa.

 

 

La catedral, aunque con muchos peregrinos, no estaba abarrotada. Hechas las oraciones recorrimos por todos los altares, siendo el de San Pio que más atraía curiosidad pues se decía que le crecían las uñas. Nos fijamos igualmente en la tumba de Ponce de León metida en una pared, que más tarde aprendí se decía nicho. Al bajar las escalinatas de la catedral se divisaba la Puerta de San Juan por donde de antiguo llegaban los pasajeros a la ciudad e iban directo hasta la iglesia para dar gracias por arribar bien luego de semanas de travesía.

 

 

- Mamá compranos una piragua que hace calor y estoy cansado.

- Esperen a que lleguemos a San José.

- Pero es que aquí no hay mucha gente, después allá se acaba el hielo como el año pasado.

 

 

Mamá cedió a la petición y Doña Virginia con cara de contrariedad comento:

- Ustedes siempre están enjillíos comiendo esas porquerías, porque no se antojan de un sándwich que los alimente.

 

Sin más que decir salimos con la nuestra y nos tuvieron que comprar piraguas a todos.

 

Sentados en los bancos de la plazoleta frente a la catedral disfrutamos nuestras piraguas mientras veíamos transitar otras familias de paso para las diferentes iglesias.

 

 

Continuamos hacia la iglesia de San José. En la plazoleta del frente donde se levanta la estatua de Ponce de León estaba llena de vendedores ambulantes: refrescos, piraguas, maní tostado, platanutres, medallas, rosarios, estampitas, devocionarios, misales y escapularios. Se entraba a la iglesia por la puerta lateral del lado sur. La entrada principal daba a la calle, pero la mayoría de las personas venían de la plazoleta. La San José, aunque no tenía santos milagrosos, contaba con un altar de plata de dimensiones majestuosas. Para esta época la decoración interior en blanco con dibujos parecidos al techo de la catedral databa del siglo XIX y era neoclásica. Años más tarde la renovarían a su estado original de principios de colonización eliminando los decorados fascinantes que tanto nos impresionaron.  Debajo de una de las capillas se encontraba un cementerio, catacumba, que fue motivo de curiosidad y cuentos de espantos para las semanas subsiguientes. Se bajaba por unas oscuras escaleras a un cuarto sin ventilación alumbrado con unas pocas velas. Observamos en paredes y el piso unas tarjas que indicaban el nombre del muerto, los años que nació y murió. Una palabra que no sabíamos que significaba pero debía ser sacra ya que estaba en casi todas las tumbas, “R.I.P.”. Era importante cuidar donde se pisara pues tal como nos dijera Doña Virginia si pisábamos sobre el muerto nos saldría por las noches. 

 

 

Apretaba ya el sol por ser cerca de las once así que apuramos el paso, al medio día teníamos que estar de regreso para el almuerzo y las actividades en la Guadalupe. Entramos y salimos rápidamente de la capilla del Colegio de Párvulos, donde según nos contaron papá estudio cuando pequeño. Mientras mamá y Doña Virginia hacían filas para ver al Santísimo nosotros aprovechamos para tomar agua en la fuente y curiosear por los pasillos mirando dentro de los salones.

 

 

La parada final fue en la iglesia de San Francisco al lado de la plazoleta de la barandilla donde aun un día tan sagrado había jugadores de domino. Esta vez al igual que años anteriores estaba en la plaza una señora con una niña en silla de rueda pidiendo. Se trataba de una enfermedad que hacia le creciera la cabeza en forma descomunal. A nosotros nos asustaba, aunque también a veces hicimos bromas sobre la situación. Yo que era extremadamente flaco y tenía la cabeza grande para el cuerpo me mofaban diciendo que me pondría así. La iglesia de San Francisco era incomoda, con sus escaleras empinadas y bancos muy juntos. Aparte de ello por ser la última que visitamos nos moríamos del tedio y el hambre. En ella casi siempre recibimos uno que otro regaño por nuestra impaciencia.

 

 

Terminado el recorrido regresamos a la Plaza Colón para abordar la guagua de regreso. En la espera nos compraron platanutres para matar el hambre en lo que llegábamos a casa.

 

Llegamos a casa al mediodía. Por el camino quede con Edwin y mis hermanas en ir a las Siete Palabras a las dos. En casa ya estaba la comida lista y nos sentamos todos a la mesa. Para ese día especial se cocinaba la mayoría de los alimentos el día anterior. Había arroz negro de calamares, habichuelas rojas marca diablo, bacalao a la Vizcaína, ensalada de lechuga y tomate, batatas y guineos hervidos, y el pescao en escabeche. Una vez acabado el almuerzo ayudamos a mamá y abuela Lucía en recoger la mesa. Se escuchaba al lado la radio de Doña Virginia a todo dar con música clásica y cantos corales en la estación del gobierno. Descansamos un rato en lo que nos preparábamos para seguir con las ceremonias del día.

 

 

Mis hermanas pelearon por que querían planchar los vestidos. Por ser Viernes Santo estaba prohibido todo tipo de labor que ofendiera al Señor. Si se barría era como barrer a Jesús, si sé mapeaba era como pasarle un trapo sucio en la cara del Crucificado,  si se planchaba era pasarle un hiero caliente por las heridas del Salvador. En el Imparcial salio la noticia de uno que se fue a sacar unas yautías y cuando las corto apareció la imagen sangrante del Hijo de Dios.  Era por lo tanto imposible el estar planchando.

 

 

A las dos salimos rumbo a la iglesia. Caminamos por la calle 7 cruzando la vía del tren con la seguridad que no nos asuntaríamos con su pito por ser el día que era. Las calles estaban silentes, todo el mundo guardaba el día como si algún familiar cercano se hubiese muerto. Al llegar al final de la calle 2 advertimos que estaba todo el rededor  repleto. Se cambio la misa para el patio atrás, donde por lo regular se celebraban los bingos, con tal de acomodar al gentío. Nos quedamos de pie en la parte de atrás tal que si queríamos beber agua o comprar algún refresco no estar interrumpiendo a otros feligreses. El párroco, Don Juan Aguilo, vestido con austera casulla negra oficio la ceremonia en su homilía condenaba a los que mataron a Cristo en la cruz y continuaban matandolo con sus pecados, predecía castigos eternos y catástrofes apocalípticas a quienes no se arrepintieran. Nuestro párroco siempre recordado por ser pionero en las técnicas de la comunicación. El inicio la costumbre que luego sería adoptada por otras parroquias de grabar el sermón de la misa de las siete de la mañana. En las misas subsiguientes, que aun eran en latín, se ponía la grabación desde el principio y se escuchaba hasta el momento del ofertorio. En muchas ocasiones las misas eran tan cortas que y aun continuaba la grabación cuando ya salíamos del templo.

 

 

Cerca de las tres de la tarde, como todos los años, a la hora que murió Cristo se puso el cielo nublado y comenzó a llover. Ese año se cambio la procesión del Santo Entierro por el de la Soledad, así que se apercibió a todos que la actividad comenzaría a las 7:30 PM. Los penitentes se presentarían más temprano para organizar.

 

 

Salimos directo de la iglesia hacia el cine. Estaban dando una nueva versión de la Vida y Pasión. Mis hermanas que se encontraron con unas vecinas y sus amigos se fueron aparte pues no querían estar cuidando niños. Nosotros seguimos caminando por la Roosevelt y cruzamos en la intercepción con la De Diego. En cine estaba a mitad de lleno por lo que nos fue fácil tomar asiento apartados de mis hermanas. Nos encontramos con Ana y Silvia que vivían en nuestra misma calle por lo que nos sentamos juntos. Empezaron los cortos de las películas de las próximas semanas. En ellas y contrario a la solemnidad del día pasaban escenas de bandas de rock, peleas de gangas y amores apasionados. Los cortos eran un oasis en medio de la estricta religiosidad. En medio de ellos dimos rienda suelta a nuestras travesuras exagerando con gritos exclamatorios por una que otra pierna semi desnuda, besos y abrazos escandalosos o puños de lado y lado. Empezada la película se escucho un silencio sepulcral que era interrumpido por   gritos de condena a los que maltrataban al Señor, en especial del arresto y los azotes. No falto entre el público un gracioso que se burlara de la sobre actuación y lo insólito en algunas escenas. Con el final de la película y la resurrección del Salvador el ambiente se volvía menos denso saliendo con un espíritu de alivio. 

 

 

Por la tarde repetimos el escabeche, esta vez con pan. Esa noche tenía que estar temprano pues la tropa de Niños Escuchas iba a participar como penitentes en la procesión. Me uniforme deprisa y seguí solo hacia la iglesia donde ya me esperaban por la puerta de atrás otros miembros de la tropa. Nuestra vestimenta consistía en unas túnicas blancas y un sobrero mascara terminado en pico, que más tarde supe eran iguales a los empleados por el Klu Klus Clan. Nos proveyeron de una vela con un cuadro translucido la cual tenía en cada uno de los cuatro lados una imagen de la pasión. Ya cerca de las ocho se inicio la procesión. Al frente íbamos los penitentes con nuestras velas, detrás seguían las respectivas cofradías. Los Caballeros de Colón cargaban el ataúd con el Cristo, Hijas de María personificaban las mujeres que acompañaban, soldados romanos, la imagen de La Soledad, al final el párroco con los monaguillos cargaba la Santa Cruz. La procesión se extendió por la Roosevelt desde la Guadalupe hasta el cruce con la carretera del Matadero. A lado y lado se apiñaba público a presenciar. Cuando ya estábamos de regreso por la Ligadora todavía no terminaba de salir el desfile de la iglesia. Ese año fue una de las procesiones más espectacular, creo fue hasta reseñada por los periódicos.

 

 

Cerca de las 11:00 P.M. mis hermanas me encontraron entre la muchedumbre y regresamos a casa. Dando fin a las conmemoraciones del día.

 

22 de abril 2011

Toa Baja, Puerto Rico





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