Jovita
2025 mes 04 día 08 Jovita
En ocasiones nos sorprende la mente humana al entrelazar relaciones aparentemente discordantes. Hoy me sucedió al mirar por la ventana de la calle y ver que la misma estaba desierta. Es como si hubiese de repente despertado de haber estado dormido por varias décadas. Pensé respecto a la diferencia de cuando era un niño; donde la calle estaba llena de personas y existían los balcones donde se sentaban los vecinos y saludar a cualquiera caminara al frente. En vez de ruidosas bocinas de autos lo que prevalecía era la sana algarabía de los juegos infantiles. Hoy todo ha cambiado; cada uno se mantiene encerrado en su casa ante el temor de un asalto y los infantes embobados frente la pantalla de algún artilugio electrónico sin poca o ninguna interrelación con otros seres humanos.
Esa reflexión del mediodía cuando mire por la ventana me ha hecho recordar esta
noche a Jovita. Ella era prima segunda de mi madre. No estoy seguro si por mi
abuelo o abuela maternos; los Medina Márquez o los Carrasquillo Román Sanabria
y Merced. Llego a casa tal como llegaron muchos delos familiares de mi madre en
la emigración del campo a la capital, San Juan. Unos vinieron en busca de
trabajo, otros por estudios universitarios, y también aquellos que fuera para
embarcarse a los niuyores en búsqueda de un mejor futuro, tal como los hermanos
dominicanos y latinoamericanos que en décadas posteriores han emigrado hacia el
Norte con la esperanza de lograr un trabajo, una chamba; y si posible el enviar
algo de lo que ganen a sus familiares en sus países de origen.
Jovita vivió en mi casa y en el lapso de lograr una colocación regular en el comercio, la New York Department Store, fue mi nana quien me cuidaba. Mi madre siempre fue una trabajadora de oficina, en particular de la empresa mayorista de importaciones, Mejías Brothers (muebles, Corning, Oster, pinturas Du Pont, linóleum, etc..) donde hasta casi a los ochenta año ejerció como secretaria. Con su salario complementaba el de mi padre, que siempre fue cartero de a pie, para los gastos de la vivienda, los víveres y pagar la hipoteca de $32 dólares mensuales, amén de dar un estipendio a quien a los familiares que nos cuidaron.
Aun siento con la fuerza que estrechaba mi mano según caminábamos por la de
Diego desde las tiendas en la Avenida Roosevelt hasta la casa. Era para que no
me soltara o escapara, quien sabe sin inconscientemente no quedarse sola como
cuando la dejaron esperando en el altar para casarse. Creo que entre ella y yo
siempre existió un implícito afecto de ser yo ser el hijo que nunca tuvo.
En verano y navidades en muchas ocasiones fuimos a estar por varios días en
casa de sus padre: Doña Saro y Don Gonzalo. Abordábamos la pisicorre en la
plaza de Río Piedras que nos conduciría hasta el pueblo de Las Piedras. Allá
otra pisicorre nos llevaría hasta el barrio Montones, justo a donde queda o
quedaba la escuela elemental Benito Medina, el hermano de mi abuelo. Desde allí
seguíamos un trillo y cruzábamos una quebrada o riachuelo. Lugo repechamos
hasta llegar al camino de bueyes de donde tras caminar por 15 o veinte minutos
llegamos a la casa de sus padres.
Al llegar a la casa subíamos dos o tres peldaños. Allí estaba Doña Saro y Don
Gonzalo con una ampla sonrisa y los brazos abiertos para recibir a su hija y al
cano (mi cabellera era para entonces rubia). Era para ellos como aquel nieto de
su hija Jovita. Allí todo era diferente a lo acostumbrado en mi casa en la
capital; en parte más similar y simple que en casa de mis abuelos maternos
Carmen y Adrián. No sé por qué allí sentía mucho más contento y alegre.
Aún recuerdo cuando con Don Gonza a caballo recorríamos su pequeña finca
sembrada de maíz u otros cultivos comestibles. En esos paseos donde yo iba a la
brida casi llegábamos hasta un caudaloso rio. Al otro lado de la casa un
pequeño riachuelo donde se lavaba la ropa golpeada en las lajas. El mismo tenía
una hoya más profunda donde chapaleteaba y jugaba con los hijos de Genara, una
de las hermanas de Jovita que vivía adyacente a la casa de sus padres. En las
noches de luna llena brillaba el piso del batey y nos sentábamos a contar y
escuchar cuentos. En otras noches nos entreteníamos desgranando mazorcas o
comiendo de las que se asaban mientras escuchábamos la radio de baterías.
También nos entretuvimos dándole vueltas al molinillo con que se hacia la
harina para la farina. Los viernes en la tarde era día festivo al regresar del
pueblo Gonzalo y Marcelo, los hermanos de Jovita con muchos envoltorios de
algunos aparatos noveles, golosinas y fiambres o comidas enlatadas.
En las ocasiones que fui con Jovita para la época navideña me recuerdo de las
trullas vecinales donde amen de las galletas florecitas y ciento en boca nunca
faltaron galletas, queso, salchichón, vino y quien sabe por ser yo muy chamaco
que se dispensara pitorro. Eran fiestas y jaranas donde se visitaban los
vecinos y compartían aun fuese lo poco.
Aun en ocasiones recuerdo la angustia de tener que despedirme y partir de aquel
que fue mi Paraíso de niño. El ir a la monta con un peón que envió mi abuelo
para que me buscaran para pasar el resto de las vacaciones allá en las Tejas de
Humacao. De esos instantes solo recuerdo aquel camino principal bordeado de
mayas y cundiamores. En los que me escondía cuando jugaba al escondite para que
no me cogieran.
Jovita vivió en mi casa hasta el momento que murió el esposo de su hermana Don
Guadalupe. Muerte que como otras cundo era niño en sueños presentí y narraba,
sin que nadie le diera importancia hasta que ocurrían. Partió para acompañar a
su hermana Pita; que casualmente vivía a dos o tres cuadras de mi casa. Sentí y
aun como si fuera hoy sentí su partida, aunque con el pasar del tiempo según
madure entendí por qué me había abandonado.
A ella mi Jovita siempre le tuve un amor como el que tiene un hijo a su madre.
Recuerdo con aquella ternura que estrecho con sus brazos cuando le presente a
mi primer hijo; como si estuviese abrazando a su nieto.
Sé que hay muchos no pueden entender lo que les digo y más bien le parezca un
cuento chino; no me importa si creen o no de la verdad de mis recuerdos. El que
mucho no entiendan por que se me nublan los ojos cada vez que leo el poema el
Valle de Collores de Luis Llorens o su versión cantada por Andrés Jimenes.
Abrazos, aun a pesar de todo
Aun somos seres sensibles
Somos seres humanos.


Comentarios
Publicar un comentario